La vida va muy rápido, no tenemos tiempo para nada. Nos limitamos a actuar, a decidir sobre la marcha y a ir corriendo. Para no desequilibrar nuestra ordenada vida seguimos rutinas, repetimos patrones de actuación y ante todo, no pensamos.
Vamos, venimos, hacemos, contamos, corremos y volvemos a empezar.
Sin que nos demos cuenta las cosas van cambiando, nosotros seguimos con nuestras rutinas y no lo advertimos, pero las cosas siguen su evolución, van girando..
Hasta que llega un momento en que te paras a pensar y te das cuenta. Hay novedades. Quizás ya no tengas 13 años, quizás estés a punto de entrar a la facultad, quizás te acaben de regalar un coche, quizás lleves cinco años con tu novio..
Y no te has dado cuenta de nada. Esas cosas han aparecido ahí de repente. Se han ido incorporando a tu rutina sin tú notarlo. Y es justo en ese momento, en el que te das cuenta de que algo ha cambiado.
Te paras y piensas en tí, en cómo eres, en cómo eras.. en los cambios. No eres el mismo. O quizás si, y sólo sea tu apariencia. O quizás tu apariencia se mantenga casi intacta y seas tú el que has cambiado. El que en su forma de ser, de pensar, de relacionarse, haya cambiado esos patrones adoptados como rutina.
Y surgen las preguntas. Por qué? Cómo? Y...cuándo? En qué momento ha pasado? Para mejor o para peor? Y no se saben responder. Quizás todos lo sepan, pero tú eres el último en enterarte. Has cambiado. Y desde tu nueva visión.. no eres capaz de verlo objetivamente.
Te sientes perdido. Pero por poco tiempo. Quizás unos minutos, unas horas.. como mucho unos días. Y te reincorporas a la autómata rutina en la que no pensar es la clave.
Se deja el tema apartado.
Buscas alguna explicación rápida y ausente de dolor, y hasta otra vez...
Cuando no haya prisa o se pare el tiempo.
-

